El vuelo de Atlanta a Nueva York debía salir a las ocho de la noche del viernes. Primero lo demoraron hasta las 21.15. Después lo volvieron a postergar para las 22.58 y finalmente despegó cerca de las 23.20. Tres horas de espera que, en cualquier otro contexto, hubieran sido apenas una molestia. Pero después de 39 días de Mundial, parecieron eternas.

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En la puerta de embarque había varias caras conocidas. Periodistas argentinos que, como yo, venían siguiendo a la Selección desde el primer día. Las conversaciones giraban alrededor de lo mismo: la demora, el cansancio y todo el trabajo que esperaba al llegar a Nueva York. Cada minuto perdido significaba una hora menos para descansar, acomodarse en el hotel o empezar a preparar la cobertura de la final.

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Cuando finalmente habilitaron el embarque, la tensión aflojó un poco. Nos tocó viajar a casi todos juntos en los últimos asientos del avión. Alguno hizo un chiste, otro respiró aliviado e incluso hubo quien sacó una foto del pasillo para avisar que, ahora sí, el viaje empezaba. Pero duró poco.

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Una pasajera creyó que el hombre le había sacado la foto a una azafata. La llamó y, en cuestión de segundos, el clima volvió a cambiar. El periodista tuvo que mostrar el celular, explicar qué había fotografiado y acompañar a una tripulante hacia la parte delantera del avión. Fueron apenas unos minutos, pero alcanzaron para que todos imagináramos el peor escenario. “¿Lo bajan?”, se escuchó con una tonada bien porteña.

Cuando regresó, las risas aparecieron otra vez. El avión finalmente cerró sus puertas y comenzó a rodar por la pista. Después llegó el silencio; ese silencio tan particular de los vuelos nocturnos, cuando las luces se apagan y cada uno se queda solo con sus pensamientos.

Mientras miraba por la ventanilla, pensaba que ese no era un vuelo más; era el último antes de la última cobertura.

Durante casi 40 días el Mundial nos acostumbró a vivir con la valija siempre a medio cerrar. Dormimos en hoteles diferentes, aprendimos aeropuertos nuevos, recorrimos ciudades que hasta hace unas semanas apenas conocíamos por el nombre y cambiamos de rutina tantas veces que los días dejaron de tener el nombre que siempre le conocimos.

Además, sin darnos cuenta, esa forma de vivir empezó a parecernos normal. Hasta que apareció este vuelo.

Cuando el avión comenzó a descender y las luces de Nueva York iluminaron la ventanilla, entendí que el Mundial también tiene un final. Después de tantos traslados, de tantos estadios y de tantas conferencias, ya no quedaban nuevas ciudades por descubrir. Quedaba una sola.

Dentro de unas horas volveremos a entrar a un estadio, a buscar nuestro lugar en la tribuna de prensa, a abrir la computadora y a esperar que la pelota empiece a rodar. Será igual que en los siete partidos anteriores; pero, al mismo tiempo, completamente distinto. Porque esta vez no solamente será el último partido de Argentina en este Mundial, también será el último viaje de una aventura que, durante más de un mes, nos hizo sentir que nunca iba a terminar.